Una vez, paseando por un planeta muy fino y de clase alta, una vetusta señora con pinta de momia rancia y amargada se plantó delante y mirándome con cara de asco me espetó de malas maneras:
- ¿Tiene usted sueño señor Kutimon? - Los ojos de la momia, clavados en los míos de una manera que daba miedo, eran tan pequeños que llegué a pensar que se trataba de pecas pero un movimiento rápido y confuso de sus ridículas pupilas me desveló que no, que se trataba de ojos de verdad. La señora no ocultó en ningún momento la repugnancia que le causaba entablar conversación conmigo.
- No señora - respondí yo muy educado aunque molesto por la actitud de ella - ¿Acaso lo aparento?
- Pues si - la momia se me echó encima invadiendo sin ningún pudor mi espacio vital - Con esas ojeras que luce usted, joven, da la impresión de que se muere de sueño y aquí no toleramos a le gente que tiene sueño ¿Le ha quedado claro?
Al carajo con la momia pensé. Si quería lucir ojeras era cosa mía, faltaría más. Tamaña falta de educación y tan poco respeto a las buenas maneras me habían puesto furioso así que me puse a gritar como lo haría un loco ojeroso y falto de sueño. La momia se asustó, aulló y se agitó sacudida por unas convulsiones con muy mala pinta hasta que, alertados por el escándalo que habíamos montado en medio de la calle, una patrulla de la policía de las apariencias se presentó en el lugar.
Fui sometido a un intenso examen físico y psicológico. Insistí en que lo de mi presunta falta de sueño era cosa de aquella loca antediluviana y que me encontraba perfectamente. No convencí a nadie salvo a una niña que dijo creerme, sospecho que sólo para llevar la contraria a su abuela que resultó ser la momia infame, y al final la policía se me llevó atado a una cama al cuartelillo donde me obligaron a dormir hasta que aquellas indecentes ojeras desaparecieran de mi rostro. Allí dormí y dormí hasta reventar pero nada. Las ojeras no se iban de allí ni a la de tres. La gente acudía a visitarme y me convertí en la atracción del lugar, en un monstruo de feria al que las ojeras no le desaparecían por mucho que durmiera. Hasta me daban drogas para hacerme dormir durante días para luego exhibirme como si fuera un mono de pelo azul y ocho patas. Allí pasé cinco largos meses hasta que un día, haciéndome el dormido mientras entraban a cambiarme el agua, le dí un sopapo a un policía y me fugué de allí a toda prisa maldiciendo a toda aquella gente loca de atar.
- No señora - respondí yo muy educado aunque molesto por la actitud de ella - ¿Acaso lo aparento?
- Pues si - la momia se me echó encima invadiendo sin ningún pudor mi espacio vital - Con esas ojeras que luce usted, joven, da la impresión de que se muere de sueño y aquí no toleramos a le gente que tiene sueño ¿Le ha quedado claro?
Al carajo con la momia pensé. Si quería lucir ojeras era cosa mía, faltaría más. Tamaña falta de educación y tan poco respeto a las buenas maneras me habían puesto furioso así que me puse a gritar como lo haría un loco ojeroso y falto de sueño. La momia se asustó, aulló y se agitó sacudida por unas convulsiones con muy mala pinta hasta que, alertados por el escándalo que habíamos montado en medio de la calle, una patrulla de la policía de las apariencias se presentó en el lugar.
Fui sometido a un intenso examen físico y psicológico. Insistí en que lo de mi presunta falta de sueño era cosa de aquella loca antediluviana y que me encontraba perfectamente. No convencí a nadie salvo a una niña que dijo creerme, sospecho que sólo para llevar la contraria a su abuela que resultó ser la momia infame, y al final la policía se me llevó atado a una cama al cuartelillo donde me obligaron a dormir hasta que aquellas indecentes ojeras desaparecieran de mi rostro. Allí dormí y dormí hasta reventar pero nada. Las ojeras no se iban de allí ni a la de tres. La gente acudía a visitarme y me convertí en la atracción del lugar, en un monstruo de feria al que las ojeras no le desaparecían por mucho que durmiera. Hasta me daban drogas para hacerme dormir durante días para luego exhibirme como si fuera un mono de pelo azul y ocho patas. Allí pasé cinco largos meses hasta que un día, haciéndome el dormido mientras entraban a cambiarme el agua, le dí un sopapo a un policía y me fugué de allí a toda prisa maldiciendo a toda aquella gente loca de atar.
