miércoles 7 de julio de 2010

Ojeras

Una vez, paseando por un planeta muy fino y de clase alta, una vetusta señora con pinta de momia rancia y amargada se plantó delante y mirándome con cara de asco me espetó de malas maneras:
- ¿Tiene usted sueño señor Kutimon? - Los ojos de la momia, clavados en los míos de una manera que daba miedo, eran tan pequeños que llegué a pensar que se trataba de pecas pero un movimiento rápido y confuso de sus ridículas pupilas me desveló que no, que se trataba de ojos de verdad. La señora no ocultó en ningún momento la repugnancia que le causaba entablar conversación conmigo.
- No señora - respondí yo muy educado aunque molesto por la actitud de ella - ¿Acaso lo aparento?
- Pues si - la momia se me echó encima invadiendo sin ningún pudor mi espacio vital - Con esas ojeras que luce usted, joven, da la impresión de que se muere de sueño y aquí no toleramos a le gente que tiene sueño ¿Le ha quedado claro?
Al carajo con la momia pensé. Si quería lucir ojeras era cosa mía, faltaría más. Tamaña falta de educación y tan poco respeto a las buenas maneras me habían puesto furioso así que me puse a gritar como lo haría un loco ojeroso y falto de sueño. La momia se asustó, aulló y se agitó sacudida por unas convulsiones con muy mala pinta hasta que, alertados por el escándalo que habíamos montado en medio de la calle, una patrulla de la policía de las apariencias se presentó en el lugar.
Fui sometido a un intenso examen físico y psicológico. Insistí en que lo de mi presunta falta de sueño era cosa de aquella loca antediluviana y que me encontraba perfectamente. No convencí a nadie salvo a una niña que dijo creerme, sospecho que sólo para llevar la contraria a su abuela que resultó ser la momia infame, y al final la policía se me llevó atado a una cama al cuartelillo donde me obligaron a dormir hasta que aquellas indecentes ojeras desaparecieran de mi rostro. Allí dormí y dormí hasta reventar pero nada. Las ojeras no se iban de allí ni a la de tres. La gente acudía a visitarme y me convertí en la atracción del lugar, en un monstruo de feria al que las ojeras no le desaparecían por mucho que durmiera. Hasta me daban drogas para hacerme dormir durante días para luego exhibirme como si fuera un mono de pelo azul y ocho patas. Allí pasé cinco largos meses hasta que un día, haciéndome el dormido mientras entraban a cambiarme el agua, le dí un sopapo a un policía y me fugué de allí a toda prisa maldiciendo a toda aquella gente loca de atar.

miércoles 30 de junio de 2010

El día que me volví loco

El día que me volví loco, cuando el médico de la cabeza me dijo que mi azotea estaba considerable e irremisiblemente deteriorada, se me cayó el alma a los pies con tan mala suerte que tropecé con ella, la pise y me fui de bruces contra el suelo. Afortundamente al alma no le pasó nada pero mi pobre nariz sufrió desperfectos más que notables y mi simetría facial se alteró para siempre. Una vez repuesto del susto y del trompazo pensé ¿Y ahora que hago yo? ¿Cómo se vive estando loco? ¿Y siendo un loco? ¿Es acaso los mismo ser un loco que estar loco? ¿Yo soy o estoy? Sólo los dioses saben cuantas preguntas me asaltaron en aquellos terribles momentos en los que el desconcierto, el miedo y, por que no admitirlo, la excitación ante mi nuevo y recién descubierto estado mental me desbordaban por completo.
El médico de la cabeza me miraba perplejo y un poco asustado debido a la estratosférica velocidad a la que mi rostro mutaba de expresión: ira, alegría, odio infinito, sorpresa, más odio infinito... Así estuve un buen rato, mudo y con las pupilas dilatadas, hasta que de pronto escupí todas aquellas preguntas que se agolpaban en mi interior sin solución de continuidad mientras el buen doctor intentaba escapar por la puerta, cosa que le impedí esposándole a la pata de su propio escritorio.
- Y bien señor médico de la cabeza - le miré fijamente mientras ladeaba la testa en un claro gesto de reproche por su escandaloso intento de fuga - ¿Hay algo en especial que deba saber para estar loco?
Entre sollozos e hipidos el tipo me dijo que no, que lo de estar loco se improvisa y queda a merced de la inspiración de cada uno.
- Amigo Kutimon - dijo una voz a mis espaldas -No he podido evitar escuchar su conversación con este desgraciado; déjeme decirle que en esto de la locura no hay reglas ni manuales, que para eso somos locos, y si los hay no los saltamos a la torera. Ser loco es, como lo diría... ah si, es como vivir estando loco así que deje usted de preocuparse y abandone de una vez y para siempre esa estúpida razón que le tiene tan amargado.
Aquello me tranquilizó pues el que había hablado, un señor de mediana edad calvo y orondo de facciones tranquilas y agudas, era un loco de reconocido prestigio, de los de toda la vida, un sabio entre los orates, un profeta más bien. Sus palabras eran, como suele decirse, palabras mayores así que, ya mas tranquilo, liberé al pobre médico y salí del despacho mucho más feliz de lo que había entrado.

martes 8 de junio de 2010

La estrella que se cayó del cielo

Imagínense ustedes la cara de pasmado que se me quedó cuando vi la estrella ahí tirada, junto a un gran roble milenario, emitiendo un brillo blanco azulado precioso, intenso y acogedoramente cálido. A uno le entraban ganas de cogerla y acunarla como si se tratase de un bebé cosa que no hice por que las diminutas reacciones nucleares que se producían en su interior me hubiesen achicharrado los brazos en un santiamén. Consciente de la gravedad de la situación y muy preocupado por la pobre estrella, miré al cielo nocturno e inmediatamente localicé el lugar desde el que había caído; en el hueco oscuro que había quedado en la constelación que ocupaba el cénit podían verse, tenues y tímidas, otras luminarias que hasta ahora permanecían eclipsadas por el poderoso brillo de aquella estrella perdida.
Saqué de mi zurrón los guantes especiales que siempre llevó para estos casos y recogí la estrella con muchísimo cuidado. Por si no lo saben les diré que, pese a su aspecto imponente y poderoso, las estrellas son seres extraordinariamente frágiles a los que hay que tratar con delicadeza ya que se vuelven inestables y explotan con facilidad y les aseguro que lo de verse en el brete de tener una supernova entre manos no es negocio del agrado de nadie, al menos del mío no. El caso es que había que volverla a colocar en su sitio como fuera, de todos es sabido que cada cosa tiene su lugar y el Universo no tolera este tipo de desmanes durante mucho tiempo. De hecho la constelación en cuestión empezaba ya a desbaratarse lentamente y no tardé en darme cuenta de que aquello amenazaba con convertirse en un desastre a escala cósmica por culpa de la puñetera ley de la gravitación universal. Menuda gracia oiga, se cae un estrella y todo el cielo se vuelve loco y de paso nos vamos todos al garete. Si de mi dependiese las estrellas tendrían libertad para ir y venir a su antojo, pero que quieren que les diga, yo no hago las reglas. Lo primero en lo que pensé fue en buscar una escalera pero dado que me hallaba en medio de un bosque ancestral y olvidado por todos, obvia decir que no la encontré Fue entonces cuando miré al enorme roble junto al que me hallaba y pensé que tal vez desde la copa lograse alcanzar el cielo y colocar la estrella.
Ágil como un mono trepé y trepé hasta que, una vez arriba, saqué la estrella del zurrón de piel y sujetándola con la mano izquierda me estiré cuanto pude en un vano esfuerzo por devolverla a su hogar. Me faltaban como cinco millones de años luz para alcanzar el lugar exacto. Dispuesto a no fracasar y salvar el Universo me concentré mucho y volví a estirar el brazo con fuerza mientras cerraba los ojos y ponía cara rara. Creo que esta vez me aproximé un poquito más pero aún así fracasé de nuevo. Esto es el fin, pensé, el Universo se va al carajo y todo por que no he sido capaz de volver a poner una estrella en el cielo. Absurdo, como toda mi vida.
Aquel pensamiento fue mágico. Tal vez una idea absurda fuese la solución. Envolví la estrella en un paño y la coloqué despacito sobre una de las ramas más largas y flexibles del roble a modo de catapulta. Lo de apuntar iba a ser un problema pero al fin y al cabo lo que había que hacer era enviar aquella estrella de vuelta al firmamento, del resto, supuse yo en un alarde de ingenuidad cósmica, ya se encargaría la naturaleza. Error. Me salió un lanzamiento perfecto y alcancé de lleno a una gigante roja que brillaba muchísimo y que, al salir despedida fuera de su órbita, fue a golpear a otras cinco estrellas mas iniciando una loca y destructiva reacción en cadena. A partir de ahí sobrevino el caos. Las estrellas empezaron a chocar unas contra otras completamente fuera de control y dado que la cosa, pese a lo hermoso del espectáculo, pintaba bastante mal decidí largarme de allí a toda prisa y pasar a una realidad alternativa con menos perspectivas de Apocalipsis inmediato pues aquella tenía poco futuro... o al menos eso me pareció.

domingo 6 de junio de 2010

El sótano

Antes de que mis fosas nasales pudiesen percibir el olor nauseabundo y pegajoso que lo impregnaba todo, un golpeteo rítmico y seco me fue sacando, poco a poco, del estado de inconsciencia en el que me hallaba. Más por instinto que otra cosa mantuve los ojos cerrados y permanecí en silencio de modo que mi apariencia, a ojos de un observador externo, seguía siendo la de un cuerpo inerte, un cadáver tal vez. Muerto sin embargo no estaba a juzgar por el dolor lacerante que sentía en mi costado derecho, algo se me había clavado con fuerza y desgarraba mi carne al respirar mientras la sangre manaba, húmeda y cálida, al ritmo que marcaba mi acelerado corazón. No tenía miedo pues cuando llega el pánico ni siquiera éste resiste su embestida. Mis esfuerzos por recordar como había llegado allí fueron vanos, antes de la sangre y el dolor no había nada más que brumas oscuras, vagas imágenes carentes de sentido.
Un chirrido metálico me hizo estremecer y por primera vez me atreví a entreabrir los ojos. Levanté mis párpados lo justo como para poder enfocar bien pero antes de que mis pupilas se hubiesen adaptado a la rojiza penumbra que iluminaba aquel lugar de perdición, escuché una voz justo detrás de mi: "Lo siento Pá" repetía una y otro vez como si se tratase de un salmo, un ser indefinible pero humano sin duda, deforme, calvo y de mirada cruel, que arrastraba una jaula repleta de cráneos sobre unas pequeñas y oxidadas ruedas. El chirrido que éstas provocaban al girar secamente sobre su eje, marcaba el compás de los salmódicos murmullos de aquella grotesca criatura que pasó de largo sin fijarse en mi para dirigirse al centro de aquel sótano inmundo y repleto de velas rojas en cuyo centro, excavado en el duro suelo de tierra negra, había un foso cerrado en su parte superior por unos barrotes que apenas sobresalían un palmo del suelo. No fue, sin embargo, aquella visión lo que me atenazó el alma, no, fue la constatación de que dentro de aquel agujero había personas. Personas vivas, miradas errantes, turbadas y perturbadas, enloquecidas, que buscaban con desesperación un modo de escapar. Dedos esqueléticos que se aferraban a los tétricos barrotes de una celda que no era sino una condena a muerte y es que la muerte les acompañaba, sin lugar a dudas, a juzgar por el hedor insoportable que de allí emanaba. Aquellos desgraciados convivían con más de un cadáver en su húmedo encierro.
El ser, me resulta difícil referirme a ello como una persona pese a su indudable procedencia humana, sonrió al detener su macabro cargamento frente al foso en el que mantenía retenidas a sus víctimas. Lentamente, con una parsimonia cruel y meditada, extrajo un cráneo limpio y resplandeciente de su jaula y, a modo de macabro Hamleth inmortal, se alzó sobre los barrotes de metal y empezó a golpearlos con fuerza a la par que unas carcajadas dementes y aterradoras brotaban de su garganta. Los desgraciados que observaban la escena desde abajo imploraban piedad, clamaban por su libertad y prometían todo tipo de cosas con tal de abandonar aquel infierno mientras el cráneo les golpeaba los dedos produciendo un ruido seco y penetrante al que, poco a poco, se unieron los alaridos de terror de los condenados ¿Era acaso allí donde me encontraba? ¿Había ido a parar al Infierno? Tal vez mis vicios me hubiesen condenado a una eternidad de tormento y dolor... pero no, me dije, no soy yo el que yace en el pozo. Son ellos. Aquella constatación me produjo, en secreto y no sin vergúenza lo admito, un cierto alivio.
El tormento, que no había hecho más que comenzar, duró un tiempo indefinido pero interminable y el macabro juego del cráneo fue tan solo el preludio de una larga sesión de dolor y llanto. Hierros al rojo vivo, lanzas punzantes, alambre de espinos, dagas, filos y mil utensilios más que no sería capaz de describir... Aquel diablo se deleitaba infiriendo heridas y viendo brotar la sangre de los cuerpos mutilados que luchaban por sobrevivir en su propia tumba para luego, entre un instrumento y el siguiente, rociar de sal aquellos maltrechos cascarones de los que la vida se escapaba sin remedio. Por mi parte yo seguía en el suelo, sangrando abundantemente y dando gracias de que el ser no se hubiese percatado de mi existencia. Entonces, sólo después de haberlo pensado, aquello se giró y clavó en mi sus ojos hundidos y crueles; sonrió y dijo: ¡¡Lo siento Pá!! Acto seguido abandonó su pedestal de tormento para dirigirse hacia donde yo me encontraba. Traté de retirarme, de huir pese al dolor que me hacía aullar. Fue en vano. Cuando quise darme cuenta el ser se hallaba frente a mi con un cráneo en la mano derecha. Los torturados, aliviados por el momentáneo descanso, me increpaban y animaban a su carcelero a que iniciase conmigo una nueva sesión de dolor. El demonio, satisfecho y orgulloso, me escupió y pude percibir en él el hedor de la putrefacción y la podredumbre. El golpe me dejó atontado aunque consciente. La sangre nubló mi visión y, ya incapaz de moverme u ofrecer la más mínima resistencia, me limité a esperar lo peor. Desde el foso me llegaba el sonido de risas crueles, aquellos condenados a muerte se deleitaban con mi sufrimiento del mismo modo que yo me había sentido aliviado por no estar allí abajo con ellos. Otro golpe y otro. El ser reía y yo podía percibir su fétido aliento, denso y sólido, sobre mi rostro. Hora de despertar - siseó - mañana... tenemos todo el tiempo del mundo corderito... Acto seguido desperté aliviado, empapado en sudor, las manos temblorosas y con lágrimas en los ojos. El alivio duró apenas un segundo, el tiempo que tardé en constatar que me sangraba la frente y el costado. Esa noche la pasé en vela. La siguiente también. A la tercera el sueño me venció y sufrí lo indescriptible a manos de aquella horrible criatura. Al volver a despertar en mi cama, sangrante y destrozado, supe que estaba perdido, condenado...

jueves 3 de junio de 2010

Año sabático

Una vez me tomé un año sabático. No recuerdo exactamente si fue el año pasado o el que viene pero decidí que tenía que descansar así que, satisfecho y decidido, me dirigí a la la Oficina de Años Sabáticos más cercana para rellenar los formularios de rigor y dedicarme a mis cosas. Como no podía ser de otra manera, allí sólo había telarañas y mucho polvo pues todo el mundo estaba disfrutando de un año sabático, hasta las arañas, así que salté el mostrador, me agencié los impresos pertinentes y los rellené como mejor me pareció. Total, nadie los va a leer, me dije. Me cuñé las hojas con el sello oficial, me di la enhorabuena deseándome lo mejor en mi año sabático y salí muy contento dispuesto a hacer algo diferente.
Al principio pensé en viajar pero no me pareció buena idea así que, muy agobiado, me senté en un bar cercano a meditar sobre mi futuro inmediato mientras me atiborraba a cerveza. Llegó la hora de cerrar y como no me movía ni a la de tres por muy amablemente que me lo pidiesen, el camarero, un señor delgado y macilento de nombre Rodelo, me sacó de allí a patadas y sin ningún miramiento mientras murmuraba cosas horribles en su idioma natal. Deambulé un buen rato, cada vez más preocupado porque mi año sabático había empezado y no tenía ni idea de cómo emplearlo, nada que hacer. La verdad es que empecé a pensar en que tal vez me había equivocado. Primero debería haber trazado un plan y luego, con todo claro, haber solicitado el puñetero año sabático para poder disfrutarlo desde el principio.
Pasaron los días, las semanas y los meses. La angustia se adueñó de mi y mi sabática vida se convirtió en un sabático infierno de inquietud y ansiedad. Dejé de dormir preocupado sólo por encontrar algo interesante que hacer con mi tiempo. Mil ideas surgían en mi cabeza y tan rápido como venían las desechaba por inútiles. Llegué a enfadarme tanto conmigo que me daba palizas. Incluso me esperaba en las esquinas ocultas de callejones poco recomendables para cogerme por sorpresa y darme de lo lindo. Al final, asustado y demente, decidí encerrarme en mi habitación a lamentarme por mi triste e incomprendida situación, mientras marcaba las paredes con los días que faltaban para volver a la normalidad como si fuera un vulgar recluso. El día que se cumplió mi año sabático respiré aliviado, me vestí, hice mi vulgar petate y salí a recorrer nuevos mundos.