
Ahí estaba yo, tirado en medio de aquel cenagal vaporoso revolviéndome contra aquello que me asfixiaba, que me oprimía el alma misma con sus humedades infectas. El fango sobre el que me hallaba estaba caliente como si todo aquel mundo al que había ido a parar fuese un inmenso plato de sopa putrefacta ¡Y el calor! Viven los dioses que jamás, ni siquiera en aquel planeta con tantos soles, había padecido un calor tan aplastante.
Boqueaba como un besugo fuera del agua mientras aquel ser, pesado y tosco, mojado y de apariencia inerte, me aplastaba como una losa de mármol de Fuertepiedra queriendo sepultarme en aquel cieno putrefacto y bastante asqueroso. Haciendo un inciso les diré que a mi lo de morirme, que quieren que les diga, me daba más o menos igual, otro viaje y ya está, pero aquellas ciénagas olían como una letrina de guarromonos incontinentes y me resistía a hundir mi nariz y mi boca, puertas abiertas a mi sacrosanto organismo de mamífero, en aquella cochinada de apariencia acuosa en la que por algún misterio de la naturaleza habitaban una especie de duendes con pinta de pececillos a los que reclamé ayuda una y otra vez. Aquellos ineptos sólo gritaban "quítatela" como si yo no supiera que para sobrevivir debía librarme de la criatura. Estúpidos pececillos duende.
Una cosa sin embargo me quedó clara, aquello era hembra. Sin embargo, la constatación del sexo de mi enemiga no me hizo sentir mejor, al contrario, pensé que antes de matarme tal vez ella quisiera copular conmigo sobre aquel oloroso fango. El pánico ante semejante posibilidad me dio las fuerzas necesarias para revolverme una vez más y hacer frente a mi temible adversaria. Con un giro de hombros inesperado logré descolocarla y tras dar tres volteretas y abrirme la cabeza por cinco sitios distintos me giré victorioso. Ahí estaba la estúpida manta zamorana que había olvidado por completo que llevaba encima. Avergonzado por mi lamentable victoria envolví unas cuantas piedras en ella y la hundí sin piedad en las hediondas aguas. Los duendecillos pez me despidieron entre risotadas burbujeantes que despertaron mi ira, intenté ensartar alguno con mi boli pero fue inútil, eran muy rápidos.
Boqueaba como un besugo fuera del agua mientras aquel ser, pesado y tosco, mojado y de apariencia inerte, me aplastaba como una losa de mármol de Fuertepiedra queriendo sepultarme en aquel cieno putrefacto y bastante asqueroso. Haciendo un inciso les diré que a mi lo de morirme, que quieren que les diga, me daba más o menos igual, otro viaje y ya está, pero aquellas ciénagas olían como una letrina de guarromonos incontinentes y me resistía a hundir mi nariz y mi boca, puertas abiertas a mi sacrosanto organismo de mamífero, en aquella cochinada de apariencia acuosa en la que por algún misterio de la naturaleza habitaban una especie de duendes con pinta de pececillos a los que reclamé ayuda una y otra vez. Aquellos ineptos sólo gritaban "quítatela" como si yo no supiera que para sobrevivir debía librarme de la criatura. Estúpidos pececillos duende.
Una cosa sin embargo me quedó clara, aquello era hembra. Sin embargo, la constatación del sexo de mi enemiga no me hizo sentir mejor, al contrario, pensé que antes de matarme tal vez ella quisiera copular conmigo sobre aquel oloroso fango. El pánico ante semejante posibilidad me dio las fuerzas necesarias para revolverme una vez más y hacer frente a mi temible adversaria. Con un giro de hombros inesperado logré descolocarla y tras dar tres volteretas y abrirme la cabeza por cinco sitios distintos me giré victorioso. Ahí estaba la estúpida manta zamorana que había olvidado por completo que llevaba encima. Avergonzado por mi lamentable victoria envolví unas cuantas piedras en ella y la hundí sin piedad en las hediondas aguas. Los duendecillos pez me despidieron entre risotadas burbujeantes que despertaron mi ira, intenté ensartar alguno con mi boli pero fue inútil, eran muy rápidos.
3 Comentarios:
Mi Tuz ha vuelto con su boli!!!!!!! Me encanta!!!!!
Así es Sandra, creo que se merece un blog propio, además así me obligo a escribir más a menudo.
Ha conseguido usted amargarme el café con tanta pestilencia, y como ya es amargo de por sí me he visto obligado a abusar del azúcar, que me ha provocado una subida del ídem por lo que he acabado en el hospital, acordándome de su manta zamorana.
Por cerito, le veo poco certero últimamente con su boli, la falta de práctica le ha mermado.
Publicar un comentario en la entrada