jueves 3 de junio de 2010

Año sabático

Una vez me tomé un año sabático. No recuerdo exactamente si fue el año pasado o el que viene pero decidí que tenía que descansar así que, satisfecho y decidido, me dirigí a la la Oficina de Años Sabáticos más cercana para rellenar los formularios de rigor y dedicarme a mis cosas. Como no podía ser de otra manera, allí sólo había telarañas y mucho polvo pues todo el mundo estaba disfrutando de un año sabático, hasta las arañas, así que salté el mostrador, me agencié los impresos pertinentes y los rellené como mejor me pareció. Total, nadie los va a leer, me dije. Me cuñé las hojas con el sello oficial, me di la enhorabuena deseándome lo mejor en mi año sabático y salí muy contento dispuesto a hacer algo diferente.
Al principio pensé en viajar pero no me pareció buena idea así que, muy agobiado, me senté en un bar cercano a meditar sobre mi futuro inmediato mientras me atiborraba a cerveza. Llegó la hora de cerrar y como no me movía ni a la de tres por muy amablemente que me lo pidiesen, el camarero, un señor delgado y macilento de nombre Rodelo, me sacó de allí a patadas y sin ningún miramiento mientras murmuraba cosas horribles en su idioma natal. Deambulé un buen rato, cada vez más preocupado porque mi año sabático había empezado y no tenía ni idea de cómo emplearlo, nada que hacer. La verdad es que empecé a pensar en que tal vez me había equivocado. Primero debería haber trazado un plan y luego, con todo claro, haber solicitado el puñetero año sabático para poder disfrutarlo desde el principio.
Pasaron los días, las semanas y los meses. La angustia se adueñó de mi y mi sabática vida se convirtió en un sabático infierno de inquietud y ansiedad. Dejé de dormir preocupado sólo por encontrar algo interesante que hacer con mi tiempo. Mil ideas surgían en mi cabeza y tan rápido como venían las desechaba por inútiles. Llegué a enfadarme tanto conmigo que me daba palizas. Incluso me esperaba en las esquinas ocultas de callejones poco recomendables para cogerme por sorpresa y darme de lo lindo. Al final, asustado y demente, decidí encerrarme en mi habitación a lamentarme por mi triste e incomprendida situación, mientras marcaba las paredes con los días que faltaban para volver a la normalidad como si fuera un vulgar recluso. El día que se cumplió mi año sabático respiré aliviado, me vestí, hice mi vulgar petate y salí a recorrer nuevos mundos.