miércoles 30 de junio de 2010

El día que me volví loco

El día que me volví loco, cuando el médico de la cabeza me dijo que mi azotea estaba considerable e irremisiblemente deteriorada, se me cayó el alma a los pies con tan mala suerte que tropecé con ella, la pise y me fui de bruces contra el suelo. Afortundamente al alma no le pasó nada pero mi pobre nariz sufrió desperfectos más que notables y mi simetría facial se alteró para siempre. Una vez repuesto del susto y del trompazo pensé ¿Y ahora que hago yo? ¿Cómo se vive estando loco? ¿Y siendo un loco? ¿Es acaso los mismo ser un loco que estar loco? ¿Yo soy o estoy? Sólo los dioses saben cuantas preguntas me asaltaron en aquellos terribles momentos en los que el desconcierto, el miedo y, por que no admitirlo, la excitación ante mi nuevo y recién descubierto estado mental me desbordaban por completo.
El médico de la cabeza me miraba perplejo y un poco asustado debido a la estratosférica velocidad a la que mi rostro mutaba de expresión: ira, alegría, odio infinito, sorpresa, más odio infinito... Así estuve un buen rato, mudo y con las pupilas dilatadas, hasta que de pronto escupí todas aquellas preguntas que se agolpaban en mi interior sin solución de continuidad mientras el buen doctor intentaba escapar por la puerta, cosa que le impedí esposándole a la pata de su propio escritorio.
- Y bien señor médico de la cabeza - le miré fijamente mientras ladeaba la testa en un claro gesto de reproche por su escandaloso intento de fuga - ¿Hay algo en especial que deba saber para estar loco?
Entre sollozos e hipidos el tipo me dijo que no, que lo de estar loco se improvisa y queda a merced de la inspiración de cada uno.
- Amigo Kutimon - dijo una voz a mis espaldas -No he podido evitar escuchar su conversación con este desgraciado; déjeme decirle que en esto de la locura no hay reglas ni manuales, que para eso somos locos, y si los hay no los saltamos a la torera. Ser loco es, como lo diría... ah si, es como vivir estando loco así que deje usted de preocuparse y abandone de una vez y para siempre esa estúpida razón que le tiene tan amargado.
Aquello me tranquilizó pues el que había hablado, un señor de mediana edad calvo y orondo de facciones tranquilas y agudas, era un loco de reconocido prestigio, de los de toda la vida, un sabio entre los orates, un profeta más bien. Sus palabras eran, como suele decirse, palabras mayores así que, ya mas tranquilo, liberé al pobre médico y salí del despacho mucho más feliz de lo que había entrado.

1 Comentarios:

David C. dijo...

Sabes a veces pienso que todos estamos locos de alguna u otra forma, eso es un alivio. Porque es como decir que todos somos normales al fin y al cabo.