Antes de que mis fosas nasales pudiesen percibir el olor nauseabundo y pegajoso que lo impregnaba todo, un golpeteo rítmico y seco me fue sacando, poco a poco, del estado de inconsciencia en el que me hallaba. Más por instinto que otra cosa mantuve los ojos cerrados y permanecí en silencio de modo que mi apariencia, a ojos de un observador externo, seguía siendo la de un cuerpo inerte, un cadáver tal vez. Muerto sin embargo no estaba a juzgar por el dolor lacerante que sentía en mi costado derecho, algo se me había clavado con fuerza y desgarraba mi carne al respirar mientras la sangre manaba, húmeda y cálida, al ritmo que marcaba mi acelerado corazón. No tenía miedo pues cuando llega el pánico ni siquiera éste resiste su embestida. Mis esfuerzos por recordar como había llegado allí fueron vanos, antes de la sangre y el dolor no había nada más que brumas oscuras, vagas imágenes carentes de sentido.
Un chirrido metálico me hizo estremecer y por primera vez me atreví a entreabrir los ojos. Levanté mis párpados lo justo como para poder enfocar bien pero antes de que mis pupilas se hubiesen adaptado a la rojiza penumbra que iluminaba aquel lugar de perdición, escuché una voz justo detrás de mi: "Lo siento Pá" repetía una y otro vez como si se tratase de un salmo, un ser indefinible pero humano sin duda, deforme, calvo y de mirada cruel, que arrastraba una jaula repleta de cráneos sobre unas pequeñas y oxidadas ruedas. El chirrido que éstas provocaban al girar secamente sobre su eje, marcaba el compás de los salmódicos murmullos de aquella grotesca criatura que pasó de largo sin fijarse en mi para dirigirse al centro de aquel sótano inmundo y repleto de velas rojas en cuyo centro, excavado en el duro suelo de tierra negra, había un foso cerrado en su parte superior por unos barrotes que apenas sobresalían un palmo del suelo. No fue, sin embargo, aquella visión lo que me atenazó el alma, no, fue la constatación de que dentro de aquel agujero había personas. Personas vivas, miradas errantes, turbadas y perturbadas, enloquecidas, que buscaban con desesperación un modo de escapar. Dedos esqueléticos que se aferraban a los tétricos barrotes de una celda que no era sino una condena a muerte y es que la muerte les acompañaba, sin lugar a dudas, a juzgar por el hedor insoportable que de allí emanaba. Aquellos desgraciados convivían con más de un cadáver en su húmedo encierro.
El ser, me resulta difícil referirme a ello como una persona pese a su indudable procedencia humana, sonrió al detener su macabro cargamento frente al foso en el que mantenía retenidas a sus víctimas. Lentamente, con una parsimonia cruel y meditada, extrajo un cráneo limpio y resplandeciente de su jaula y, a modo de macabro Hamleth inmortal, se alzó sobre los barrotes de metal y empezó a golpearlos con fuerza a la par que unas carcajadas dementes y aterradoras brotaban de su garganta. Los desgraciados que observaban la escena desde abajo imploraban piedad, clamaban por su libertad y prometían todo tipo de cosas con tal de abandonar aquel infierno mientras el cráneo les golpeaba los dedos produciendo un ruido seco y penetrante al que, poco a poco, se unieron los alaridos de terror de los condenados ¿Era acaso allí donde me encontraba? ¿Había ido a parar al Infierno? Tal vez mis vicios me hubiesen condenado a una eternidad de tormento y dolor... pero no, me dije, no soy yo el que yace en el pozo. Son ellos. Aquella constatación me produjo, en secreto y no sin vergúenza lo admito, un cierto alivio.
El tormento, que no había hecho más que comenzar, duró un tiempo indefinido pero interminable y el macabro juego del cráneo fue tan solo el preludio de una larga sesión de dolor y llanto. Hierros al rojo vivo, lanzas punzantes, alambre de espinos, dagas, filos y mil utensilios más que no sería capaz de describir... Aquel diablo se deleitaba infiriendo heridas y viendo brotar la sangre de los cuerpos mutilados que luchaban por sobrevivir en su propia tumba para luego, entre un instrumento y el siguiente, rociar de sal aquellos maltrechos cascarones de los que la vida se escapaba sin remedio. Por mi parte yo seguía en el suelo, sangrando abundantemente y dando gracias de que el ser no se hubiese percatado de mi existencia. Entonces, sólo después de haberlo pensado, aquello se giró y clavó en mi sus ojos hundidos y crueles; sonrió y dijo: ¡¡Lo siento Pá!! Acto seguido abandonó su pedestal de tormento para dirigirse hacia donde yo me encontraba. Traté de retirarme, de huir pese al dolor que me hacía aullar. Fue en vano. Cuando quise darme cuenta el ser se hallaba frente a mi con un cráneo en la mano derecha. Los torturados, aliviados por el momentáneo descanso, me increpaban y animaban a su carcelero a que iniciase conmigo una nueva sesión de dolor. El demonio, satisfecho y orgulloso, me escupió y pude percibir en él el hedor de la putrefacción y la podredumbre. El golpe me dejó atontado aunque consciente. La sangre nubló mi visión y, ya incapaz de moverme u ofrecer la más mínima resistencia, me limité a esperar lo peor. Desde el foso me llegaba el sonido de risas crueles, aquellos condenados a muerte se deleitaban con mi sufrimiento del mismo modo que yo me había sentido aliviado por no estar allí abajo con ellos. Otro golpe y otro. El ser reía y yo podía percibir su fétido aliento, denso y sólido, sobre mi rostro. Hora de despertar - siseó - mañana... tenemos todo el tiempo del mundo corderito... Acto seguido desperté aliviado, empapado en sudor, las manos temblorosas y con lágrimas en los ojos. El alivio duró apenas un segundo, el tiempo que tardé en constatar que me sangraba la frente y el costado. Esa noche la pasé en vela. La siguiente también. A la tercera el sueño me venció y sufrí lo indescriptible a manos de aquella horrible criatura. Al volver a despertar en mi cama, sangrante y destrozado, supe que estaba perdido, condenado...
Un chirrido metálico me hizo estremecer y por primera vez me atreví a entreabrir los ojos. Levanté mis párpados lo justo como para poder enfocar bien pero antes de que mis pupilas se hubiesen adaptado a la rojiza penumbra que iluminaba aquel lugar de perdición, escuché una voz justo detrás de mi: "Lo siento Pá" repetía una y otro vez como si se tratase de un salmo, un ser indefinible pero humano sin duda, deforme, calvo y de mirada cruel, que arrastraba una jaula repleta de cráneos sobre unas pequeñas y oxidadas ruedas. El chirrido que éstas provocaban al girar secamente sobre su eje, marcaba el compás de los salmódicos murmullos de aquella grotesca criatura que pasó de largo sin fijarse en mi para dirigirse al centro de aquel sótano inmundo y repleto de velas rojas en cuyo centro, excavado en el duro suelo de tierra negra, había un foso cerrado en su parte superior por unos barrotes que apenas sobresalían un palmo del suelo. No fue, sin embargo, aquella visión lo que me atenazó el alma, no, fue la constatación de que dentro de aquel agujero había personas. Personas vivas, miradas errantes, turbadas y perturbadas, enloquecidas, que buscaban con desesperación un modo de escapar. Dedos esqueléticos que se aferraban a los tétricos barrotes de una celda que no era sino una condena a muerte y es que la muerte les acompañaba, sin lugar a dudas, a juzgar por el hedor insoportable que de allí emanaba. Aquellos desgraciados convivían con más de un cadáver en su húmedo encierro.
El ser, me resulta difícil referirme a ello como una persona pese a su indudable procedencia humana, sonrió al detener su macabro cargamento frente al foso en el que mantenía retenidas a sus víctimas. Lentamente, con una parsimonia cruel y meditada, extrajo un cráneo limpio y resplandeciente de su jaula y, a modo de macabro Hamleth inmortal, se alzó sobre los barrotes de metal y empezó a golpearlos con fuerza a la par que unas carcajadas dementes y aterradoras brotaban de su garganta. Los desgraciados que observaban la escena desde abajo imploraban piedad, clamaban por su libertad y prometían todo tipo de cosas con tal de abandonar aquel infierno mientras el cráneo les golpeaba los dedos produciendo un ruido seco y penetrante al que, poco a poco, se unieron los alaridos de terror de los condenados ¿Era acaso allí donde me encontraba? ¿Había ido a parar al Infierno? Tal vez mis vicios me hubiesen condenado a una eternidad de tormento y dolor... pero no, me dije, no soy yo el que yace en el pozo. Son ellos. Aquella constatación me produjo, en secreto y no sin vergúenza lo admito, un cierto alivio.
El tormento, que no había hecho más que comenzar, duró un tiempo indefinido pero interminable y el macabro juego del cráneo fue tan solo el preludio de una larga sesión de dolor y llanto. Hierros al rojo vivo, lanzas punzantes, alambre de espinos, dagas, filos y mil utensilios más que no sería capaz de describir... Aquel diablo se deleitaba infiriendo heridas y viendo brotar la sangre de los cuerpos mutilados que luchaban por sobrevivir en su propia tumba para luego, entre un instrumento y el siguiente, rociar de sal aquellos maltrechos cascarones de los que la vida se escapaba sin remedio. Por mi parte yo seguía en el suelo, sangrando abundantemente y dando gracias de que el ser no se hubiese percatado de mi existencia. Entonces, sólo después de haberlo pensado, aquello se giró y clavó en mi sus ojos hundidos y crueles; sonrió y dijo: ¡¡Lo siento Pá!! Acto seguido abandonó su pedestal de tormento para dirigirse hacia donde yo me encontraba. Traté de retirarme, de huir pese al dolor que me hacía aullar. Fue en vano. Cuando quise darme cuenta el ser se hallaba frente a mi con un cráneo en la mano derecha. Los torturados, aliviados por el momentáneo descanso, me increpaban y animaban a su carcelero a que iniciase conmigo una nueva sesión de dolor. El demonio, satisfecho y orgulloso, me escupió y pude percibir en él el hedor de la putrefacción y la podredumbre. El golpe me dejó atontado aunque consciente. La sangre nubló mi visión y, ya incapaz de moverme u ofrecer la más mínima resistencia, me limité a esperar lo peor. Desde el foso me llegaba el sonido de risas crueles, aquellos condenados a muerte se deleitaban con mi sufrimiento del mismo modo que yo me había sentido aliviado por no estar allí abajo con ellos. Otro golpe y otro. El ser reía y yo podía percibir su fétido aliento, denso y sólido, sobre mi rostro. Hora de despertar - siseó - mañana... tenemos todo el tiempo del mundo corderito... Acto seguido desperté aliviado, empapado en sudor, las manos temblorosas y con lágrimas en los ojos. El alivio duró apenas un segundo, el tiempo que tardé en constatar que me sangraba la frente y el costado. Esa noche la pasé en vela. La siguiente también. A la tercera el sueño me venció y sufrí lo indescriptible a manos de aquella horrible criatura. Al volver a despertar en mi cama, sangrante y destrozado, supe que estaba perdido, condenado...
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